viernes, 28 de noviembre de 2014


 
ROMPIENDO LÍMITES

 
 

Siempre ha sido problemático para mí el hecho de que la elaboración de la comida y demás labores domésticas recaigan en las manos de las mujeres. Leía en estos días, en un artículo publicado en una página cualquiera que “la historia de las mujeres se enmarca en la historia de la agronomía”, desarrollándose a lo largo del documento un argumento naturalizador en el que se decía que la cocina era espacio propio de nosotras ya que nos lo habían heredado las primeras homínidas. Se desarrollaba además, la idea de que se nos había destinado al ámbito privado porque hormonalmente los hombres eran y son dominantes  a la vez que nosotras en definitiva somos sumisas.

Hallo entonces un gran sin sentido cuando escucho una y otra vez las historias de mi abuela materna que sacó adelante a sus hijos sin la necesidad de tener un hombre al lado: de los tres con los que vivió, todos se separaron de ella por razones de tipo político y socialcultural; y sin embargo, ella continuó caminando y trabajando campos completos hasta ser aquella fuerte y bella Dalia, como era reconocida. Considero así, que la sinrazón de la que vengo hablando se halla justamente en la naturalización de relaciones sociales que mi abuela, justo de la forma que muchas de las de mis compañeros, logró romper. En mi caso entonces, mi abuela se sitúa en el centro de la escena familiar en tanto que difumina las fronteras de la organización económica y política según la relación entre los sexos. 

No obstante, encuentro que tanto en los hijos como en algunos nietos de mi querida Dalia, el concepto de la familia enmarcado en las relaciones del núcleo nazareno tiene predominancia. Así pues, las violencias de esta sociedad patriarcal ya no son suficientes para efectuar separaciones que considero necesarias, es decir, ni el maltrato físico ni psicológico son razones de peso para romper con la necesidad de tener una figura masculina en casa. Por el contrario, se articulan palabras cortas o silencios profundos para mantener el sistema de opresión intrínseco al orden mundial y enfermo que reproduce sufrimientos. En este orden de ideas, la mujer no es una mercancía que expone relaciones de intercambio en una sociedad, la mujer es un sujeto que representa a un grupo.

De lo que vengo hablando es del proceso de reconocer en mi familia, la ficción que significa las relaciones de género necesariamente implicadas en ésta y que venía sospechando, en dónde la sexualidad es un elemento estatal que legitima y el matrimonio tiene como finalidad la construcción y permanencia de un Estado- Nación. 

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